Ana Frank. Fe e inocencia contra el horror.



Esta nueva entrada del “diario de Ro” es muy especial para mí, puesto que significa el comienzo de mi colaboración con Radio Sefarad. Este canal de radio online es un proyecto llevado a cabo por la Federación de las Comunidades Judías en España.


A través de este medio de comunicación, lo que esta Federación pretende es divulgar los valores éticos, culturales y científicos del judaísmo a través de su historia y de su desarrollo actual. Y puesto que soy una amante de la historia concretamente de todo aquello que esté relacionado con la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto nada me puede hacer más feliz que el poder verme involucrada en este proyecto.


Una de las cosas más bonitas que me ha regalado Madrid es el poder disfrutar de actividades culturales cuya temática me apasiona. Por ello, prácticamente desde que llegué a la ciudad, no he parado de acudir a las diversas actividades que realiza el Centro Sefarad Israel, además de no dudar en participar en el club de lectura sobre el Holocausto que allí se celebra una vez al mes. Una experiencia que me está resultando muy enriquecedora, ya que no solo nos limitamos, en una mesa redonda, a comentar el libro que leamos de forma mensual, sino también a hablar sobre su homóloga adaptación cinematográfica.


Fue precisamente, en una de estas mesas redondas, donde conocí a Raquel Cornago, de Radio Sefarad. Raquel es la persona que ha confiado en mí y que me ha ayudado a convertir mi sueño en un proyecto real. Y gracias precisamente a ella, mi trabajo de Historia del Mundo Contemporáneo “mujeres en el Holocausto, ángeles y demonios”, es un programa de radio que, semanalmente, se está trasmitiendo en su web (pincha en este enlace si quieres visitarla).


A lo largo de cada programa, hablaremos de las diferentes figuras femeninas que coprotagonizaron, para bien y para mal, la historia de la Shoá. Por lo que, cuando en nuestra primera reunión debía decidir quién protagonizaría el primer programa lo tuve bastante claro, mi primera protagonista iba a ser Ana Frank.  


Ana Frank

Y es que, me resulta imposible hablar de las mujeres que, de una manera u otra, tuvieron papeles determinantes dentro del Holocausto, sin hablar de ella, de la pequeña Ana, que tan especial es para mí y de la que ya he hablado en entradas anteriores de este blog.


Quizás, uno de los aspectos que hacen que la figura de esta joven escritora sea tan especial es que, precisamente ella, no podía ni imaginar hasta qué punto sus escritos ayudaría en su causa. Una causa que iba a compartir con millones de judíos los cuales sufrirían, de manera parecida, lo que la pluma de Ana deja patente entre las hojas de su adorado diario.


Un papel determinante, el que ella desempeñó sin saberlo que, fundamentalmente, se corresponde al de la difusión. En mi opinión, el diario de Ana Frank, es uno de los documentos escritos que más contribuye a la difusión de lo que supuso, para tantos judíos, el Holocausto. Una aproximación perfecta al mundo de la Shoá cuyo éxito radica en el lenguaje sencillo, cotidiano, sincero, conmovedor y emotivo que utiliza su autora.


Ana cuenta, a través de las páginas de su amada y mejor amiga Kitty —como ella misma nombró a su diario—, los duros momentos que se vio obligada a vivir desde que Holanda fue invadida por los nazis. Impresiona, y mucho, ver como la escritora describe la perdida, en un principio paulatina, de los derechos de los judíos en Holanda. Un modus operandi que, en realidad, puede extrapolarse a la situación que este colectivo estaba viviendo en casi toda Europa.


Por todo ello, es por lo que Ana se ha convertido en una figura tremendamente especial para mí, quedándose para siempre en un rinconcito de mi corazón justo desde la primera vez que me sumergí entre las páginas de Kitty. Recuerdo que tenía justo la misma edad que ella cuando empezó a escribirlo, unos doce años.


A menudo solía ver el diario de Ana en la mesita de noche de una de mis tías hasta que, un verano, me decidí a leerlo. Recuerdo que la primera lectura me impactó, no sabía nada de la Shoá, ni de judíos, ni siquiera del nazismo. Sin embargo, no me costó absolutamente nada empatizar con la autora.


Sin embargo, no sería hasta bastante más tarde, cuando, gracias a una segunda lectura del mismo, naciera en mí el interés de saber mucho más sobre todo lo que se encontraba detrás de esta historia.


A partir de entonces, comencé a leer diversos libros sobre esta temática, quise conocer qué fue el Holocausto en particular y la Segunda Guerra Mundial en general, para intentar entender los acontecimientos y el contexto que desencadenaron en la peor masacre de la historia de la humanidad.


Y engancha. Y cuanto más conocía, más quería saber. Poco después, viajé a Ámsterdam, un viaje que me cambió la vida. Allí pude palpar, por primera vez, vestigios de todo lo que significó la Shoá. Ya no había vuelta atrás, necesitaba conocerlo todo sobre ello.


Como no podía ser de otra manera, una de las paradas obligatorias de dicho viaje fue la visita a la Casa de Atrás, refugio donde se escondieron la pequeña Ana y su familia junto con otra familia judía más y otro conocido de su padre.


No tengo palabras para describir las sensaciones que se instalaron bajo mi piel desde que puse un pie tras la enorme librería que separaba la fábrica de Pectina donde trabajaba Otto Frank —padre de Ana— de la que sería su escondite.


En esa minúscula casa, propia de edificaciones del siglo XVII, con pasillos estrechos y empinadas escaleras, tuvieron que convivir, durante dos años, ocho personas en el más estricto silencio y, la mayoría de veces, en la más absoluta oscuridad. Un confinamiento obligado que fue posible gracias a personas valientes y de un corazón infinito que se jugaron la vida para abastecer a los escondidos.


Pero, ¿cómo llego la familia Frank a verse obligada a esconderse? Para entenderlo, voy a remontarme, brevemente a varios años antes del inicio de su encierro.


Desde, prácticamente, inicios de la década de los 30, la situación en Alemania respecto a los judíos comenzaba a ser más que preocupante. El país alemán estaba sumido en una profunda crisis —a todos los niveles— tras el fin de la Primera Guerra Mundial y las sanciones que, por perder y ser considerado culpable de todos los estragos producidos por la guerra, les impuso el tratado de Versalles. Una circunstancia que aprovechó a la perfección Adolf Hitler, quien comenzaba a adquirir cada vez más adeptos y a subir como la espuma en el panorama político del país.


A partir de entonces, el antisemitismo comenzó a crecer de manera desorbitada, nada une más que un enemigo común, y eso Hitler lo sabía, convirtiendo a los judíos en el perfecto chivo expiatorio contra el que dirigir —y con el que justificar— su lucha.


Siendo conscientes de este peligro inminente, Otto y Edith Frank, decidieron trasladarse, junto a sus hijas, de su Alemania natal a Ámsterdam, una ciudad que les abriría las puertas de par en par y donde se sentirían como en casa.


De izquierda a derecha: Otto Frank, Ana Frank, Margot Frank y Edith  Frank

Otto pronto comenzaría a trabajar en una fábrica de pectina, una sustancia esencial a la hora de confeccionar mermelada. Edith, por su parte, se dedicaría en cuerpo y alma al cuidado de sus hijas, Margot —la mayor— y Ana, quienes se adaptaron a las mil maravillas a su nueva vida en la ciudad.


Sin embargo, esta calma tensa estallaría por los aires en 1940, cuando el nazismo invade Países Bajos y, por supuesto Ámsterdam. Desgarrador el testimonio de Ana en relación a las consecuencias de esta invasión. Estremece leer cómo, en cuestión de pocos días, pasa de tener una vida normal, a tener que ir siempre identificada, a no poder ir al mismo colegio que todas sus compañeras, a no poder ir al cine, al parque o simplemente a hacer la compra. Si ya resulta complicado que lo entendamos cualquiera de nosotros, ¿cómo podía hacerlo una niña que apenas comenzaba a vivir su adolescencia?


Por si todo parecía poco, los acontecimientos se precipitaron —aún más si cabe— para la familia el 12 de julio de 1942, cuando llega a casa de los Frank una citación para que Margot se presente en las dependencias policiales, desde donde iba a ser trasladada a, por aquel entonces, un destino incierto desde el cual trabajaría para el estado alemán.


Para poder evitarlo, la familia Frank comienza su encierro en la Casa de atrás de las dependencias de la fábrica donde, como bien he comentado antes, trabajaba Otto.


Plano ilustrativo de la Casa de atrás

Y aquí retomo mi visita a dicha localización. Nada más entrar, te encuentras aquellas sinuosas y empinadas escaleras, por las que puedes imaginarte como caían a trompicones y empujones los escondidos tras ser descubiertos, dos años más tarde, en 1944. De todos ellos, solo  sobrevivió a la Shoá Otto, el padre de Ana.


Por ello, no es complicado imaginar la soledad que él mismo tuvo que sentir cuando, después de todo el horror vivido en Auschwitz-Birkenau —campo de concentración y exterminio al que fue destinado—, vuelve al que fue su hogar, y el de su familia, y se lo encuentra totalmente vacío, de muebles y de vida.


Y exactamente así  lo encontré cuando llegué a su pequeño salón, todo vació, frío y en rotundo silencio. Congelada se me quedó el alma mientras recorría sus habitaciones. En mi cabeza podía imaginarme los susurros, las risas calladas, los llantos y los gritos reprimidos y, sobre todo, el miedo y la desesperación tan absoluta que reinó entre aquellas desnudas paredes durante aquellos interminables meses.


El momento más emotivo fue, sin duda, cuando llegue al cuarto de Ana. No pude evitar emocionarme al imaginármela en él escribiendo su diario, narrando las circunstancias tan duras que en el plasmaba. Tampoco podía evitar imaginarme el momento de su detención, pensando en cómo habría vivido ella su traslado y su estancia en los dos campos de concentración y exterminio en los que vivió y de los que, por muy, pero que muy poco, no evitó.


Cuarto de Ana Frank en la Casa de atrás

No se merecía, ella ni ninguna de las víctimas, claro está, su final. Nadie debería morir solo, enfermo de tifus y abandonado a su suerte en un sitio que bien podría parecerse al infierno. Tanto Margot como Ana murieron de tifus en el campo de concentración de Bergen-Belsen, pocos días antes de su liberación. 


La Casa de Atrás es visitada, anualmente, por más de un millón de personas, y el diario de Ana Frank cuenta ya con más de 350 millones de ejemplares vendidos. Cifras que consolidan a Ana Frank como una de las principales protagonistas del Holocausto, y una de las colaboradoras fundamentales en la difusión de su historia, cuyo éxito, como ya he comentado al principio de este blog, reside en que lo hace de una manera sencilla, adaptada a cualquier público que quiera conocerla.


Para ella no hubo finales felices, aunque siempre tuviese casi confianza ciega en que este, tarde o temprano llegaría, algo que puede observarse en su propio diario con frases como la siguiente:


“Algún día, esta horrible guerra habrá terminado, algún día volveremos a ser personas y no solamente judíos”.


Unos finales felices que creía posible porque, a pesar de toda la barbarie que le rodeaba, ella siempre confió en la bondad del ser humano:


«Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para ser aplastados por la cruda realidad. Es un milagro que no abandonando todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón».


Una humanidad que, parte de ella, por aquel entonces, les dio la espalda simplemente por el hecho de tener una religión diferente, condenándolos a una masacre sin precedentes de la manera más horrible que nos podamos incluso llegar a imaginar.


La pregunta que más me hacen cada vez que hablo con alguien sobre este tema es: bueno, pero ¿qué podemos hacer ahora nosotros, después de tantos años? Pues muy sencillo, recordar. Estoy totalmente convencida de que, absolutamente todos, tenemos la obligación moral de recordar, conocer y difundir, la historia tan dura que tantas personas como Ana se vieron obligados a sufrir.


Porque como ella misma también expone: «lo que se hace no se puede deshacer, pero se puede prevenir que vuelva a ocurrir». ¿Y cómo se evita esto? Conociendo y entendiendo la historia. Algo que debe resultarnos indispensable hoy en día, viendo cómo se está dibujando el panorama que nos espera.


Y hasta aquí mi post sobre el primer programa de “mujeres en el Holocausto, ángeles y demonios”. Espero que os haya gustado y os haya animado a saber más sobre la historia de la pequeña Ana y su familia. Si os animáis a ello, os dejo a continuación una serie de recursos muy interesantes con los que introducirse en el mundo de Ana Frank.


  • Libro:  Frank, A. (2011). El diario de Anne Frank (Diego J. Puls ed.). Debolsillo.
  • Libro: Casa de Ana Frank. (2013). Ana Frank en la Casa de atrás. ¿Quién fue quién? Ebook.
  • Película:El diario de Ana Frank”, Jon Jones. Reino Unido (2009).
  • Documental:Descubriendo a Ana Frank. Historias paralelas”, Anna Migotto y Sabina Fedeli (2019).
  • Documental:La magia del diario de Ana Frank”. Simonka de Jong (2021).

Muchas gracias por estar ahí, al otro lado de la pantalla, leyendo con atención lo que con tanto cariño os quiero trasmitir. Nos vemos, como siempre, muy muy pronto, en un nuevo post del “diario de Ro”.

*Breve reseña de las fotografías que aparecen en el post:

  • Todas las fotos las he obtenido de Pinterest excepto la imagen del plano de "la Casa de atrás", que la he localizado en la web de "La voz del interior".